‘La taquería revolucionaria’, adelanto del nuevo libro de Juan Villoro
Juan Villoro y su padre el filósofo Luis Villoro.Getty/ Miguel Gener

EL PAÍS avanza un fragmento de la figura del mundo (Casa al azar), la novela más reciente de Juan Villoro. En el nuevo libro, el escritor mexicano ahonda en su propia memoria para evocar la singular vida de su padre, el filósofo mexicano-catalán Luis Villoro. Es una aproximación íntima y pública, sin afán de hacer una biografía, de alguien que también fue un luchador social, zapatista y al mismo tiempo un padre de granito que estuvo presente en la vida familiar de manera intangible.

Capítulo 5. La taquería revolucionaria

Mi padre, que odiaba las anécdotas personales, contó mil veces la escena que más le horrorizó en su juventud. Todo sucedió en una polvorienta hacienda de San Luis Potosí. Para comprender ese momento de condensación, hay que retroceder en el tiempo.

Como tantas familias, la mía se vio afectada por el delirio expansionista de Hitler. Como decía, tras la muerte de mi abuelo y en los albores de la Guerra Civil Española, mi padre y sus hermanos fueron enviados a estudiar a Bélgica, y su madre volvió a su país de origen.

Cuando mi padre llegó a la adolescencia, Europa se estaba preparando para la guerra. Interrumpió sus estudios en el internado Saint Paul y se unió a su madre en México, donde ingresó a Bachilleratos, el colegio de los jesuitas.

El dinero de la familia provenía de haciendas productoras de mezcal en el estado de San Luis Potosí. La escena definitiva de mi padre ocurrió en uno de ellos, Cerro Prieto, que hoy es una ruina fantasmal.

Cuando visitó la hacienda, los peones se alinearon para recibirlo y besarle la mano. Fue el momento más vergonzoso de su vida. Los viejos con las manos rotas por el sol y el esfuerzo, con los pies que se confundían con terrones de tierra lo llamaban “patroncito”. ¿Qué organización demente en el mundo permitió que un hombre cargado de años se humillara así ante un caballero de ultramar? Mi padre sintió una vergüenza casi física. Sabía, con amargura, que pertenecía al rango de los explotadores.

Su vida posterior debe entenderse como un intento de expiar esa escena ofensiva. Su interés por el socialismo democrático derivó, en gran medida, de las injusticias cometidas por su propia familia.

Hacia 1977 volvió a tener noticias de Cerro Prieto. Fue fundador de la Universidad Autónoma Metropolitana y en la unidad Iztapalapa dirigió la división de Ciencias Sociales y Humanidades. Reunió a un auténtico dream team de maestros, muchos de ellos exiliados de las dictaduras latinoamericanas, y emprendió la apasionante tarea de transformar con sus ideas a otros, como Aristóteles en su Liceo, Platón en su Academia o Epicuro en su Jardín.

No podía negarme a estudiar allí. La UAM abrió sus puertas poco antes de que yo terminara la secundaria y mi padre me habló de los planes de estudio como si los hubiera creado para mejorar su paternidad. Estudiar en otro lado hubiera sido un parricidio intelectual.

No fue mi maestro en el aula porque ya lo fue en la vida. Nos reuníamos de vez en cuando en el campus y en la cafetería, donde remataba la comida con un Gansito. A pesar de la sencillez de su trato, su aire ausente y su andar seguro inspiraban respeto. Saludó a muchas personas a la distancia, sin reconocerlas del todo, pero casi nadie se acercó a él.

Entre las personas que hubieran querido hablar con él pero no se atrevieron a hacerlo, estaban los encargados de las fotocopias, que venían de Cerro Prieto. La antigua hacienda mezcalera se había convertido en un páramo donde sólo vivían los muy viejos. Los jóvenes se fueron a los Estados Unidos oa otras direcciones.

Cuando fotocopié mi DNI me preguntaron si era familiar del Dr. Villoro. Dije que sí y me dijeron que habían conocido a mi abuela cuando eran niños. Hablaban con enorme cariño de los juguetes y mantas que les regalaba. Sentían nostalgia de los días en que la hacienda había sido una huerta productiva que daba trabajo a todo el pueblo. El recuerdo reflejaba la desigualdad entre jornaleros y patrones que tanto había ultrajado a mi padre, pero él mitigaba esa desgracia con dos argumentos: María Luisa Toranzo había sido una propietaria considerada y bondadosa, y las tierras quedaron inservibles después de la Revolución. En las zonas del semidesierto, el reparto agrario entregaba los polvorientos como “pequeña propiedad”, según cuenta Juan Rulfo en su relato “Nos han dado la tierra”. Para producir mezcal se requerían grandes extensiones que absurdamente se fraccionaban en vez de transformar a los nuevos dueños en cooperativistas de una misma unidad productiva.

Hablé con mi tío Miguel y mi padre sobre la nostalgia que tenían los empleados de la fotocopiadora por Cerro Prieto y cedieron a otro tipo de idealización. Que trabajaran en una universidad y pertenecieran a un sindicato representó una mejora para los ex campesinos. Ni a mi tío ni a mi padre les interesaba que el “progreso” de las ciudades se hiciera a costa del olvido y la devastación del campo. Aunque el tío Miguel no compartía las ideas socialdemócratas de mi padre, tampoco veía el pasado familiar como una arcadia que debía conservarse. Tal fue el repudio que ambos sintieron por las haciendas que no les importó que aquella región pereciera.

En su temprana juventud, mi padre se matriculó en Medicina porque quería ser biólogo para descifrar los enigmas del origen de la vida y en ese momento la Biología no era una carrera, sino una especialidad de la Medicina. Obtuvo A’s en anatomía y describió en detalle el trayecto del nervio trigémino. Cuando se trataba de rebanar un pollo o un pavo, mostraba habilidades con el bisturí. Aprendió mucho en las aulas instaladas en el antiguo Palacio de la Inquisición, en la Plaza de Santo Domingo. Lo más importante fue descubrir que no le interesaba tanto el origen como el sentido de la vida. Su curiosidad tenía más que ver con la Filosofía que con la Biología.

Cambió de carrera y buscó acercarse intelectualmente a un país que en la realidad le desagradaba. ¿Era posible amar un sitio injusto, desigual, corrupto, discriminatorio? Nació en Barcelona y estudió en Bélgica. Dos guerras lo habían depositado en la tierra de su madre: el México bárbaro.

Recuerdo la visita que el escritor español Álvaro Pombo hizo a México en 2004. Nos habíamos conocido en España y yo le había dado información para su novela Una ventana al norte, sobre una niña santandereana que viaja a México y participa en el Cristero Guerra. Pombo se sumergió apasionadamente en numerosos libros y vio con deleite la serie documental La Cristiada, de Nicolás Echevarría, narrada por el historiador Jean Meyer. Estaba muy emocionado por caminar por las calles y respirar en los mercados sobre los que tanto había leído. Se alojó en un hotel del centro y salió a caminar. De repente, se encontró en el caos de un mercado al aire libre, un mercado de pulgas que conservaba las tradiciones nahuas e incluía productos chinos. Compró un cortaúñas que se le deshizo entre los dedos, recibió estímulos fascinantes e incomprensibles y regresó lo antes posible a su habitación. Desde allí me habló para decirme:

—México hay que leerlo, la realidad no se entiende.

Algo similar le pasó a mi padre, quien también tenía un fuerte sentimiento de culpa porque lo que menos le gustaba de México era la desigualdad a la que contribuía su propia familia. Necesitaba entender a su país adoptivo en clave cultural y miraba a los españoles que en la Colonia pasaban por un trance similar al suyo. Clavijero, Sahagún, Las Casas y Tata Vasco fueron ejemplos de él. Su primer libro, Los grandes momentos del indigenismo en México, no trata directamente de los pueblos originarios, sino de sus intérpretes, los misioneros ilustrados que se pusieron del lado de la causa indígena.

A partir de 1994, con el levantamiento zapatista, el filósofo que inició su carrera estudiando a los primeros antropólogos en América pudo concluirla como un nuevo Las Casas, conviviendo con las comunidades indígenas de Chiapas. Su reto ya no era estudiar un mundo anterior, sino interpretar la historia que se desarrollaba en tiempo real.

Otro discípulo de los jesuitas, el subcomandante Marcos (hoy Galeano), que tiene más o menos mi edad (la cronología de los mitos es imprecisa), fue su privilegiado interlocutor. Mi padre era ajeno a las categorías sentimentales y los lazos de parentesco, pero no al afecto motivado por la inteligencia. Si hubiera tenido que pasar por el improbable ejercicio de adoptar otro niño, habría elegido a Marcos, nuestro hermano invisible.

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